El líder que derrotó el apartheid y se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica murió a los 95 años en su casa de Johannesburgo; el mundo recordó la lucha que le costó 27 años de cárcel, pero que lo llevó a construir un nuevo país.

Nelson Mandela, el padre de la Sudáfrica moderna, símbolo de la lucha por la libertad, la igualdad y la reconciliación y uno de los líderes más trascendentales de la historia contemporánea, murió ayer, a los 95 años, después de varios meses de agonía por infecciones pulmonares.

El anuncio de la muerte fue recibido con dolor por la multitud que hacía vigilia frente a su casa, en Johannesburgo, y con una catarata de elogios y muestras de admiración en todo el mundo. “Rodeado de su familia, Mandela se apagó apaciblemente, nuestro pueblo pierde un padre”, anunció el presidente Jacob Zuma, anoche, por televisión.

Sudáfrica, un país hoy más reconciliado y estable, pero aún marcado por grandes desigualdades, estaba en vilo por la salud de Mandela desde junio pasado y la muerte del ex presidente liberó anoche oleadas de pesar.

“Nuestro querido Madiba tendrá funerales de Estado. Expresemos la profunda gratitud por una vida vivida al servicio de la gente de este país y de la causa de la humanidad. Es un momento de profundo dolor. Siempre te amaremos, Madiba”, agregó Zuma, quien utilizó el nombre del clan del héroe de la lucha contra el apartheid.

Mandela, que festejó 95 años el 18 de julio, fue hospitalizado cuatro veces desde diciembre de 2012, siempre a causa de infecciones pulmonares. Esos problemas recurrentes estaban ligados a las secuelas de una tuberculosis que contrajo durante su estadía en la isla-prisión de Robben Island, frente a Ciudad del Cabo, donde pasó 18 de sus 27 años de detención en las cárceles del régimen racista.

El 8 de junio pasado fue internado en estado grave por una recaída de una infección pulmonar, y su estado pasó a ser crítico el 23 de junio. Pese a las mejoras comunicadas por la familia y el gobierno desde entonces, el pronóstico del ex mandatario no mejoró.

Mandela se convirtió en 1994 en el primer presidente negro de la historia de Sudáfrica y lideró, junto a su antecesor en el cargo y último líder del apartheid, Frederik de Klerk, una transición democrática que evitó una guerra civil entre blancos y negros.

Había salido de prisión cuatro años antes, tras pasar encarcelado casi tres décadas por sus actividades contra el régimen segregacionista, en cuyas cárceles contrajo problemas respiratorios que lo acompañaron el resto de sus días.

“Gracias a Mandela la reconciliación en Sudáfrica fue posible”, dijo ayer en una entrevista televisiva De Klerk, primero adversario y después aliado de Mandela, con quien compartió el premio Nobel de la Paz tras el desmantelamiento del régimen supremacista de los sudafricanos blancos, entonces dueños de todos los derechos y privilegios.

Fuente: lanacion.com.ar

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