A lo largo de estos últimos treinta años, el Indio Solari ha sabido construir su propia mitología. Sus muy escasos contactos con la prensa alimentaron la leyenda: hay una enorme expectativa cada vez que se pronuncia. Fue lo que ocurrió cuando Vorterix anunció este documental subido a su sitio, que colapsó muy pronto por la fabulosa demanda. Y el valor más notorio de la película es justamente ése:la palabra de Solari, entrevistado con una complicidad evidente por Mario Pergolini en el marco de un producto con muchas de las características de un EPK (Electronic Press Kit). El resto son declaraciones de músicos e integrantes de la troupe que acompaña al ex cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota que tienen el mismo tono de pleitesía que el de cualquiera de sus numerosos fans.

Es indiscutible que el de Solari es un fenómeno singular y que la devoción que despierta no puede explicarse exclusivamente por la música que produce. El abordaje más sensato es probablemente el de las ciencias sociales. El propio protagonista confiesa no tener idea de qué es exactamente lo que provoca el nivel de adhesión que ha logrado y también aclara que no puede hacerse cargo del asunto.

El estilo que eligió Pergolini para la conversación denota una lógica fascinación por el personaje. Evita incomodarlo, aún cuando se habla de temas espinosos (la salud del músico, afectado por el mal de Parkinson, la relación rota con algunos de sus ex compañeros en los Redondos, a los que acusa de “traición”, un tiro por elevación destinado básicamente a Skay Beilinson y la Negra Poly). Por lo demás, Solari no reprime en cámara sus instintos de bon vivant ni su notoria vanidad: parece especialmente interesado en remarcar que su pogo es más grande que el de Mick Jagger y que él hizo tal cosa (no importa tanto cuál) antes que otros. Habla bastante poco de música, dice que hay tres solos magníficos en la carrera de Skay pero no logra recordar uno, se quiebra e incentivado por su entrevistador se detiene en detalles no del todo relevantes para el espectador: qué tipo y cantidad de medicamentos usa, por ejemplo. Curiosamente, habla de la deriva de su carrera -convertida hace años, como se ha dicho ya cientos de veces, en una especie de culto religioso- como algo que ocurrió casualmente, casi por mandato divino. No sabe por qué toda esa gente lo adora, pero sí que la identificación no es mutua. Cuando Pergolini le pregunta si alguna vez sóñó con ser parte de esa multitud que se enloquece cada vez que, ritualmente, uno de sus conciertos cierra con “Ji ji ji”, la respuesta es concluyente: “Ni en pedo”.

Fuente: lanacion.com.ar

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