Cuando se realizó la presentación y campaña de prensa de la nueva tira Entre Caníbales, todo era alegría, placer, orgullo, calidad, agradecimiento, esfuerzo, desafío, y otras tantas cualidades más… que se evaporaron con la llegada de las planillas del rating.

La medición de audiencia determinó que la nueva apuesta protagonizada por Natalia Oreiro, Benjamín Vicuña y Joaquín Furriel no interesaba. Tras unas semanas al aire, la emisora decidió el cambio de horario a la medianoche y reducir de 120 a 60 capítulos la duración del drama.

Entre Caníbales: el éxito… que no fue

Lo que era la gran apuesta del año, terminó siendo un producto marginal en la grilla, y resumido para finalizarlo anticipadamente. Algo similar ocurrió con la tira Noche y Día, protagonizada por Facundo Arana, por El Trece.

Con estos cambios comenzaron las quejas, críticas, explicaciones y debates. Desde “el público no está preparado para este producto”, “no era el horario”, “mírenlo por internet”, “yo no estoy a cargo de la programación”, hasta “la gente dejó la tele por la compu”; y otras tantas frases hechas que no son más que excusas para no aceptar una situación concreta.

El “maldito rating” que actores, directores y productores tanto cuestionan es el principal motor de cada proyecto. Es la base de la consolidación en pantalla, de la continuidad, y de la llegada de publicidad, para solventar gastos y generar nuevos productos. Rating es, ni más ni menos, lo que el público elige ver.

En el caso de las ficciones, cada vez que los números no acompañan, aparece una oleada de lamentos como si se tratara del fin del mundo. Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando el fracaso es de un programa de archivos, periodístico o un reality. Esos géneros tan despreciados por los artistas, no obstante, son mayormente apoyados por el público.

Todas las explicaciones basadas en un supuesto director de Programación cruel o en un telespectador mediocre, son absolutamente ridículas. Primero y principal, porque ningún programador quiere perder ni apuesta a que sus productos fracasen. Y segundo, porque es el televidente quien derriba todas estas excusas eligiendo seguir otras ficciones u otros formatos.

El público “que se fue a internet” ¿no es el mismo que miraba El Patrón del Mal, Farsantes, Graduados, Avenida Brasil o ahora Esperanza Mía, Rastros de Mentiras o Las Mil y Una Noches?

Protestar por los avatares de la televisión es sólo una buena forma de poner la “culpa” afuera, y no aceptar los deseos del consumidor. No es criticable nivelar hacia arriba o intentar alguna innovación, lo cuestionable es olvidarse que se trabaja para el público, ya que la televisión es dinámica y exige cambios permanentemente.

Nadie tiene la receta del éxito, pero el que no se adapta a esta realidad, queda afuera.

Fuente: Ciudad.com.ar

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